Divagar Por La Oficina

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Créeme, soy un economista

Bogotá, Colombia

Estaba yo leyendo algo hace poco. Sinceramente no me acuerdo qué era, pero vi una frase que se me quedó grabada en la cabeza. No recuerdo bien cómo iba, pero me acuerdo del concepto general, era algo del estilo de “… y entonces, con la llegada de la revolución industrial, más por inercia que por ingenio, se creó la fábrica; y al tener la fábrica como nuevo lugar de trabajo se creó la percepción del tiempo de ocio, separado del tiempo laboral…”. Desde que leí eso llevo ya un tiempo reflexionando sobre lo mismo, sobre una función que mis profesores de macroeconomía llaman ‘el modelito de Euler’ en el cual las personas escogen la división de su tiempo, y en esta división pueden optar por trabajar o por eso que Marc Anthony y Gente de Zona hábilmente definieron como ‘La Gozadera’. Ahora, si va a seguir leyendo esto por favor entienda que mi economista interno es un tipo curioso, y amable, pero a veces se pone obsesivo y se mete en unas películas mentales de las cuales no puede salir. Si puede vivir con eso entonces continuemos.

Creo que es mi deber explicarle mi proceso mental, y cómo, a partir de la frase que acabo de mencionar, ese proceso me llevó a una conclusión que podría cambiar el mundo, o al menos darme más de ochocientas para entretenerlo a usted un rato. Lo primero que se me vino a la cabeza cuando leí esa frase fue un pensamiento del estilo de “pero de qué hablan, ya nadie trabaja en la fábrica y la gente sigue teniendo tiempo de ocio”; lo medité un rato y me di cuenta de que tenía razón, ya nadie trabaja en la fábrica, ahora todos trabajamos en la temible y lúgubre ‘oficina’. No me malentienda, mi oficina es muy linda, amplia, llena de luz y color, y tiene Coca Cola ilimitada gratis, pero jamás de los jamases me he despertado yo un lunes cualquiera pensando “uy, qué delicia, hoy puedo ir a la oficina a tomar Coca Cola gratis”… mis lunes van más por los lados de “uy, ¿será que mi jefe me mata si llego media hora tarde y duermo un rato más?”. En esencia, creo yo, la oficina es la nueva fábrica a la cuál vamos a trabajar, y cuando no estamos allá tenemos nuestro tiempo de gozadera.

Precisamente en una de estas madrugadas de lunes fue cuando llegué a mi segundo nivel de desconcierto interno. Me llegó una pregunta nueva a la mente que seguramente le ha llegado a más de uno: “Y… ¿yo para qué voy a la oficina si puedo hacer lo mismo desde mi casa?”. Para muchos esa pregunta puede verse como una excusa para justificar mi deseo infinito de quedarme durmiendo un rato más, o como un pretexto para no estar hora y media encerrado en el pésimo tráfico bogotano que debo atravesar para llegar al palacio de la Coca Cola gratis, pero la verdad es una reflexión muy profunda (que, acepto, fue influenciada por esos factores). Yo ya hice mi curso de engagement empresarial, y lo que aprendí fue básicamente que entre el trabajo más le permita a los empleados manejar su tiempo a su voluntad, estos estarán más felices. Si esto es así es entonces lógico preguntarse si la mejor forma de optimizar la productividad por medio del engagement no será permitiéndole a los empleados manejar la completitud de sus tiempos.

Es natural que usted se esté preguntando qué está mal conmigo, pero permítame explicarle mi idea. Mi idea (dijo el pésimo columnista que expone su idea principal en el penúltimo párrafo) es que la oficina como divisor del tiempo de ocio y de trabajo está destinada a desaparecer en la era digital. Esto no significa que no existirán espacios físicos que permitan la interacción en situaciones necesarias, pero en el muy largo plazo, y en especial con el continuo progreso de la era digital, la oficina será obsoleta. Esto, si uno lo piensa con detenimiento, tiene una lógica interna muy simple: la densidad poblacional en la gran mayoría de ciudades del mundo se ha convertido en un problema que se refleja en la movilidad de las urbes… pero si hay menos personas que tienen que ir a trabajar con horarios exactos, entonces habrá menos congestión y mejor movilidad. Está también el costo para las empresas, estas podrán ahora invertir sus recursos en otro tipo de activos fijos, podrán blindarse de eventuales crisis haciendo que estos sean más fácilmente liquidables, y podrán alquilar espacios físicos temporales solo cuando estos sean necesarios. Verán también una caída en los costos de transacción debido a la reducción del tiempo de desplazamiento de sus empleados, y verán un aumento en la productividad y una disminución en la rotación indeseada debido al engagement.

¿Y si esto es tan fácil entonces por qué no se ha dado? Bueno, eso es porque la gente todavía no está lista, y en el mediano plazo el ajuste no va a ser fácil. Lo que sucederá en el mediano plazo es que habrá un reajuste de las calificaciones que se requerirán en el ámbito laboral y se verá una migración hacia los soft skills de comunicación interpersonal y capacidad de interpretar información fácilmente. Esto deberá suceder para superar los obstáculos iniciales que disponga el cambio. Quiero señalar, sin embargo, que esta respuesta no es mía, es de una  amiga que no cree en mi teoría de que la oficina va a desaparecer (hola Laura), y que ha sufrido de primera mano los costos generados por malentendidos de tipo Skype; sin embargo yo creo que ambos podemos tener razón. Es cierto que Laura tiene razón ahora, en este momento el teletrabajo absoluto es una utopía, pero en el muy largo plazo, en términos de un siglo o más, la tecnología habrá reducido tanto las fronteras que la oficina será un estorbo y dejará de existir. Solo le pido a Dios que me dejen traer el dispensador de Coca Cola gratis para mi casa.

Fernando Cárdenas