Esto les pasó a tres personas por andar de verriondos (1era parte)

Accidentes sexuales
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Accidentes sexuales

A continuación leerás unas historias graciosas pero un tanto creepy, un médico árabe nos la contó… sí, violó su juramento hipocrático. Claro, reservaremos su identidad llamándolo Jal Abolah para que nos las siga relatando. Algunos de sus pacientes afectaron su salud por estar de desesperados al momento de tener sexo. No son aquellos que contraen enfermedades si no de quienes han padecido algún accidente sexual. Y no, no es el show de la TV. ¡Son verdaderos! Todos tienen finales felices, y no los que están pensando.

La de Melani y Julián: Resulta que en su primera vez decidieron hacerlo en una montaña porque ellos son hippies y aman la naturaleza y bla bla bla. Todo estaba listo aquella noche: carpa, luna, estrellas, porros, luciérnagas y… alacranes. A nuestra joven pareja se le olvidó que en ese tipo de lugares abundan bichos de cualquier tipo. ¿Y a quién no cuándo el ímpetu carnal va tomando forma? Julián notó la presencia del insecto pero su pene quería entrar. Ya saben de qué hablamos.

El excitado joven comenzó a acariciar a su novia mientras observaba al alacrán que sólo estaba escarbando la tierra tranquilamente… cosas de alacranes. Melani no se percató, se dejó llevar por la pasión. Algo que se nos olvidó mencionar, a Julián le gusta el sadomasoquismo, así que tomó al pobre insecto que tal vez salió esa noche a darle comida a su familia, sacó su pene para que el animal lo picara, pero como estaba pendiente de los suyo ignoró al loco Julián. Melani lo observaba atónita y quiso probar en sus pezones y esta vez el alacrán lo hizo. Julián comenzó a masturbarse mientras ella comenzó a sentirse mal, por suerte sobrevivió porque el buen doctor Jal Abolah, aparte de chismoso, le gusta seguir a algunas parejas y salvó la noche.

La de María Gabriela y Antonio: Esta pareja tenía relaciones sexuales donde fuese. En baños de restaurantes, universidades, parques, sobre la lavadora de la abuela… este último lugar les despertaba tanto morbo que ni se besaban ni nada. Iban al grano, y más cuando la abuela terminaba de lavar sus calzones. Apenas la atareada señora subió al cuarto, los enardecidos jóvenes comenzaron la fiesta sin calentar motores.

Resulta que el desesperado Antonio intentó penetrar a su novia pero ella no había lubricado. Intentó hasta lograrlo pero inmediatamente sintió un líquido espeso y siguió en lo suyo. Ambos gemían de placer hasta que se percataron de que la vieja lavadora estaba manchada de sangre. El frenillo del pene se rompió. Los dos iniciaron con la exhaustiva limpieza antes de que la abuela volviera. Después de lograr la tarea, a Antonio le dieron ganas de masturbarse con su pene ensangrentado. Se daba más y más hasta que acabara. Segundos después, despertó en la clínica junto al doctor Jal Abolah y su apenada novia. Por suerte está bien. Excepto la lavadora de la abuela. De tantas veces que lo hicieron sobre la desgastada máquina, dejó de encender. Tal vez se suicidó.

Esta última historia no es de una pareja sino de un solitario muchacho, llamado irónicamente Manuel, a quien le recomendaron masturbarse con una concha de plátano. Eso sí… caliente. Al parecer es la misma sensación que una vagina. Él, intrépido y pajizo crónico, intentó hacerlo. El horno estaba listo para recibir el plátano, nada mejor que comer después de una buena paja, se dijo. La concha fue lanzada a la olla para hervirla. Mientras el tiempo hacía su trabajo, optó por buscar en X Videos algún videíllo de “gorditas blancas culonas”, como acostumbra escribir en el buscador de Google.

El internet estaba tan lento que el joven se desesperó. Olvidó por completo la concha que ya estaba más que caliente. Siguió esperando a que el video de una gordita pelirroja que enseñaba sus atributos con vehemencia, cargara finalmente pero el pajizo no terminaba de verlos gracias a la lentitud. “¡Maldito Maduro!” Repetía a cada rato. Se hartó y comenzó a masturbarse con la publicidad pronográfica de la página. Por fin recordó la concha, que estaba ya negra. Estaba tan desesperado por tener un orgasmo manual que no le importó la temperatura y la tomó con cuidado. La sopló apenas y enseguida comenzó el rito pajero. El dolor le causaba más y más placer hasta que su pene perdió la erección. Duró una semana así, el doctor le prohibió hacerlo de nuevo, al menos no tan caliente. Le recomendó una actriz porno con los dotes preferidos de Manuel y chao que te vas. Hasta el sol de hoy no ha vuelto a pasar... lo de la concha, las pajas persisten.

Nota: Ningún animal fue dañado para este artículo. El alacrán está bien, sigue manteniendo a sus pequeños alacrancitos, la lavadora de la abuela revivió, y el internet de Manuel aún impide que cumpla sus fantasías de estar con una gordita pelirroja.