Paterson, una película que identifica a cualquier artista

La rutina es la mejor inspiración
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La rutina es la mejor inspiración

Una película es un poema, y eso justamente es Paterson (2016). Su protagonista, encarnado por Adam Driver, es conductor de autobús, en su jornada de trabajo aprovecha cualquier momento para anotar algún verso; su rutina es así. Resumir de esa manera parece insignificante, pero el mundo cotidiano es así; si se adentra en él, se podrá encontrar un cúmulo de sensaciones despertadas por cualquier elemento que le da vida: conversaciones misceláneas, paseos en la calle y otras aparentes nimiedades carentes de su sentido principal son realmente un pedazo de vida engrandecido.

El día a día esconde un sinfín de vivencias representadas en este film que compitió durante el Festival de Cannes del año pasado. Jim Jarmusch escribió el guión y también dirigió la cinta. Este director plasmó la vida de una persona más de la sociedad, captó precisamente lo que toda alma artística percibe, desde perspectivas nihilistas, existencialistas y otras tantas donde lo común es no sólo la inconformidad sino el tacto visual de lo que rodea a cualquiera.

¿Quién no se siente así sin ser poeta en su estricta definición? Más allá del éxito comercial, en la historia ha habido más de una persona que refleja como espejo su entorno. Los grandilocuentes nombres fueron alguna vez simples existencias. Franz Kafka fue uno, por ejemplo. El personaje de esta película es diferente a lo que fue el escritor checo, pero su relación, como la de todo ser que crea mediante las letras, es interpretar por medio de la palabra cualquier aspecto cotidiano.

Un trabajo como chofer es el instrumento idóneo para observar, comprender, analizar y luego escribir. Paterson celebra la vida, la aplaude, pero también critica lo establecido. Esto es un claro ejemplo de que lo bello de la poesía, como lo señala en específico la narrativa de la película, se centra en lo más simple; la subjetividad del puño y letra es el rastro único de cada obra.

La espontaneidad también es un aspecto resaltante; esta película no busca ser un manual para poetas amateur, tampoco quiere crear una nueva moda donde lo considerado “simple” es la nueva regla para ser un artista bueno. Es una historia sincera porque lo no planificado, o mejor dicho, producido artísticamente hablando, resalta cuando es verdadero.

Y hablando de verdades, es interesante destacar una teoría de dos investigadores de nombres Norbert Schwearz y Piotr Winkielman, ambos de la Universidad de Michigan. Su trabajo está basado en la influencia estética y simple de la verdad, dónde se considera bella una obra determinada (cualquier disciplina) cuando es fácil de percibir. Por ejemplo, los bebés prefieren escuchar una canción armónica y no una de black metal. Pareciera que todo estuviera predestinado, al menos la ciencia lo ve esa manera, pero Paterson demuestra lo contrario porque piensa que la rutina es fabricada; así como ese mismo bebé prefería la música suave, al crecer tal vez le puede gustar un género musical pesado.

Algo similar sucede en el caso de la institución tradicional del arte. El protagonista enfrenta una serie de percances que lo llevarán a la incertidumbre de la posible publicación de su obra. Su esposa, Laura, lo anima a no rendirse, ella anhela que su pareja sea conocida por el público; entre ambos hay diálogos que sin la necesidad de tecnicismos evocan la filosofía moderna.

Paterson no sólo es el personaje, es la alegoría humana de la rutina. La sociedad sin este elemento fuera robótica, milimétrica, traslúcida, más fría de lo que es. “Dejarse llevar suena bien”, ese fragmento pertenece a la canción de una banda española, la frase evoca la simpleza de vivir, eso también es bello y por supuesto, artístico.