Una Costumbre Saludable

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Dicen las malas lenguas que “el que come callado, repite un par de veces”. Sin embargo, a efectos de este espacio y en nombre de quienes disfrutamos reunirnos en torno a la mesa, permítanme diferir de este refrán.

A todos nos gusta comer. Para calmar el hambre o por el mero placer de conocer nuevos sabores, los alimentos tienen una cita recurrente con nuestro paladar. Pero, lamentablemente, hay quienes no los disfrutan como Dios manda. Y es aquí, donde haré hincapié.

Decía el Papa Francisco, durante una de sus audiencias en el Vaticano:

“La convivialidad: virtud que nos enseña a compartir con alegría los bienes de la vida. El símbolo más evidente es la familia reunida en torno a la mesa doméstica”.

Y es que en la mesa se comparte, no solo la comida sino también momentos, historias y anécdotas que hacen del comer en familia, una experiencia fundamental en la vida de las personas y un hábito que debemos fomentar.

No obstante, -y para desdicha de muchos- este momento ocurre de manera “fugaz”. Es decir, las comidas compartidas son desplazadas en cierta medida por aquellas realizadas “en solitario” o para salir del paso. Como ejemplo, tenemos a las personas que prefieren comer frente a la computadora, mientras responden un mensaje de texto, en el carro de camino al trabajo o viendo televisión. Incluso, para algunos ya no existe un momento específico dedicado a comer, sino que se conforman con “snacks” o bocados que no les quiten tiempo.

En este sentido, nos topamos con lo que el Papa Francisco llama “familia automática”. Aquella que, teniendo la oportunidad de compartir con sus seres queridos mientras come, lo hace sin dialogar y se encuentran inmersos en sus respectivos celulares o aparatos electrónicos.

Ahora bien, ¿por qué debemos mantener la costumbre de comer en familia?

Para empezar, es imposible negar que exista algo más delicioso que lo hecho en casa. Esos platos que llevan por sello una sazón de campeonato y un cariño inconfundible. Y es que comer en familia es sinónimo de compartir, de historias inolvidables, de sueños y proyectos, de anuncios importantes y un sinfín de momentos que muchos desean vivir todos los días.

Si bien, vivimos una realidad atareada, donde cada uno debe atender a sus obligaciones durante el día, es necesario escoger una de las tres comidas (desayuno, almuerzo o cena) para disfrutarla todos juntos, en familia.

Muchas personas catalogan el domingo como “día familiar”. Pero, esto no necesariamente debe convertirse en una tendencia, ya que estudios alrededor del mundo han demostrado que compartir la mesa en familia con  mayor frecuencia, mejora la calidad nutricional y desarrolla buenos hábitos alimenticios, además de favorecer la comunicación y fortalecer el vínculo familiar.

Como bien sabemos, la educación empieza por casa. En este sentido, desarrollar una educación alimenticia y un buen paladar desde temprana edad, nos permitirá gozar de una buena nutrición. Por eso, cuando nos toque educar a nuestros hijos, a base de buen ejemplo, debemos “unificar” la comida; es decir, que todos aprendan a probar nuevos sabores e ingredientes.

Recuerdo en estas líneas, las palabras de mi padre que -ante la negativa de comer ciertos alimentos- nos decía: “¿No te gusta? ¡Pues, ven que te sirvo el doble!” Claro que en ese momento parecía el peor castigo del mundo, pero lo que no sabíamos era que, al contrario, quería abrirnos un abanico de sabores y texturas que, hoy en día, disfrutamos enormemente.

Por último, quisiera compartir un fragmento del libro El sorprendente poder de la comida en familia, escrito por la periodista Miriam Weinstein:

“¿Si te dijera que existe un medio “mágico”, algo que mejoraría tu calidad de vida y la de los tuyos? ¿Algo que es fácil de conseguir y está al alcance de la mayoría? Esa fórmula mágica es comer en familia”