¡Me lo tengo que comer!

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Imaginen una llamada sin contestar: suena… suena… suena… hasta que, afortunadamente, alguien se digna a levantar el teléfono. Imaginen, ahora un delicioso pedazo de torta: recién horneada, desprende un aroma celestial, mientras que una capa de chocolate se derrite lentamente en la parte superior.

Pero, ¿cuál es la relación entre una cosa y otra? La respuesta no es más que un antojo. Y es que, así como la llamada que no deja de sonar hasta que alguien atienda, los antojos son una “tentación” constante que nos persiguen como sombras, hasta que nos rendimos a sus pies.

En ese momento, no hay excusa que valga. Tus papilas gustativas solo anhelan abrazar y dejarse querer por aquel pedazo de torta y tu cerebro pide a gritos que le escuches… ¡y le hagas caso! Finalmente, sucumbes ante el deseo. Lo disfrutas enormemente, pero después te invade el famoso “remordimiento de conciencia”.

comer

Lo dice la ciencia…

Es curioso que los antojos no sean necesariamente una expresión de hambre, sino una “mezcla” de componentes psicológicos y biológicos. Es decir, el organismo se comporta de una manera diferente, según se trate de hambre o antojo.

Si tienes hambre, el cuerpo envía señales al cerebro y entran en juego dos hormonas específicas: grelina (alerta al cerebro de la necesidad de comer) y leptina (indica al cerebro que deje de comer, cuando nos sentimos saciados).

Sin embargo, cuando se trata de antojos la historia es distinta. Como sabemos, no los necesitamos para sobrevivir, sino para satisfacer una “necesidad” momentánea. Por lo tanto, hay partes del cerebro que se ocupan de estos pequeños placeres. Ellas están a cargo de la memoria (a corto y largo plazo) y las emociones.

Aunado a esto, el estrés y la falta de nutrientes contribuyen a las recurrentes ganas de comer cierto tipo de alimentos. Por ejemplo: cuando queremos relajarnos, generalmente buscamos una barra de chocolate. ¿Por qué? Pues, porque si al comerlo sentimos placer, nuestro cerebro nos está diciendo que eso nos hará sentir mejor.

Al fin y al cabo, nadie se salva de cometer este “pecado”. El antojo es una excusa para disfrutar, para sentirnos mejor emocionalmente o para darnos un gusto.

Ahora, antes de que corran a buscar esa bolsa de papitas, los invito a responder estas preguntas y descubrir ¿qué tan antojados son?

Abres la nevera y consigues el último pedazo de torta que quedaba:

  1. ¡Te lo comes, sin pensarlo!
  2. Agarras un pedacito y guardas el resto para más tarde
  3. Esperas a la hora de comer y lo dejas de postre

Estás viendo el final de tu serie favorita y… te suena la barriga ¿Qué haces?

  1. Corres a preparar cotufas… ¡con bastante mantequilla!
  2. Te haces el loco y disimulas un bostezo
  3. Puedes terminar de ver la serie sin necesidad de comer algo

Paseando por el centro comercial, te acercas al puesto de donuts y tienes ese olor inconfundible en la punta de la nariz:

  1. Sin duda, pides la más grande y azucarada que tengan
  2. Te asomas a ver las opciones que hay, pero no compras nada
  3. Pasas, hueles, alucinas… y sigues caminando