La excusa perfecta para tomar cerveza

El venezolano, como buen rumbero, siempre busca una excusa para salir y beber. Que salimos de parciales, que a una amiga la contrataron para un trabajo, que tu pana al fin dejó a esa novia fastidiosa… Motivos para celebrar, nunca faltan.

El domingo pasado saqué la venezolana que llevo adentro y esta vez la excusa fue octubre, el mes del Oktoberfest. En Munich lo celebran desde hace 184 años, siendo una celebración de casi 18 días, el volkfest más grande del mundo. Muchos países han copiado la tradición. Venezuela también tenía que hacerlo. Y no solo porque la idea es muy buena e implica hacer algo diferente en este caos en el que vivimos, sino porque el proyecto trae consigo cerveza... Muchísima cerveza.

Esta es mi experiencia… Una crónica de mi primer (Y espero que no sea el último) Oktoberfest.

Antes

Con una semana de anticipación, mis amigos me comentaron que iríamos a un Oktoberfest. Ya había escuchado sobre la tradición y me parecía interesante el concepto. Entre un video y otro, formé demasiadas expectativas por el evento. Me intrigaba saber cómo lo harían en Venezuela... Y tratando de no darle muchas vueltas, el día finalmente llegó.

Durante

Cuando llegamos al lugar, eran más o menos las 11 de la mañana, el día estaba soleado. Se escuchaba una música muy alemana, un señor cantando y tocando acordeón (Que después se convertiría en mi víctima periodística) nos guiaba con su melodía hacia la entrada del Oktoberfest.

Pasamos por la entrada y una vez adentro, no podía creer lo que veía. El ambiente era tal y como lo esperaba. Casi igual a los videos que había visto en internet. Un patio grande, un gran toldo con mesas al estilo alemán y una barra de cerveza muy chévere. Que por supuesto… ¡Tenía que ser de Polar!

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La bebida estaba incluída en la entrada. Básicamente era un all you can drink of beer. Imagínate una barra con seis diferentes tipos de cerveza… Pudiendo elegir ilimitadamente cualquiera. Estaba demasiado emocionada, no paraba de repetir que esto era lo máximo y eso que todavía no llevaba ni 10 minutos allí.

Ahí mismo nos acercamos para pedir la primera birra.

En la barra me atendió una mujer que estaba vestida muy tradicional. Cuando pedí que me diera una cerveza, puso una cara de duda y me preguntó si era mayor de dieciséis años… No sabía si sentirme ofendida o halagada. Como no era primera vez que me pasaba, le ofrecí mi cédula. Tengo 20 años y todavía me confunden con una quinceañera. What? ¡Yo solo quería mi cerveza! Ella con la pena me ofreció dos.

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Después de unos cuantos minutos tratando de convencerla que en serio tenía 20 años y que esto me pasaba a diario… Entre mi típica indecisión, decidí de a poco probar todas las opciones. Tomé primero una Solera Azul, algo light y poco fuerte para empezar. Estaba bien fría, como me gusta. Brindamos gritando “Prost!”. Después probé la Solera Verde, ya con un sabor más fuerte. Y al cabo de un rato, me arriesgué con la Solera Black… La cual nunca había probado y sorprendentemente me gustó.

Continuaron las cervezas y cuando perdí la cuenta, decidí (Si es que a eso se le puede llamar una elección) armarme de valor y quitarme esa pena con la que siempre cargo encima e ir a hablar con el señor que cantaba en la tarima.

Mi nuevo amigo Eduardo Monroy, o así le entendí que se llamaba, me contó que llevaba desde los 13 años tocando el acordeón. Y como nuestra querida Venezuela es sin duda un país multicultural, era solo cuestión de tiempo que él terminara en los repertorios de música alemana.

Eduardo estaba muy claro de lo que representaba verdaderamente el Oktoberfest. Me explicó que en un principio significaba la celebración de la boda de los reyes Ludwig y Theresa en el año 1810… Que muchos conocían el evento como la “Celebración de la Cerveza” (Ejem, guilty), pero que realmente no era tan así.

Tenía en su mano un vaso especial, era como un mug de cerámica que conservaba bien el frío, me dijo que en Alemania se llamaba krug y me pareció brutal (Tanto así que admito haberlo buscado en Amazon porque quise uno inmediatamente).

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Continuó sin problema con sus canciones en alemán. Las personas lo escuchaban y repetían una frase que al parecer significaba algo como “Izquierda, derecha, adelante y atrás… Arriba y abajo y volver a empezar”, mientras bailaban y levantaban sus cervezas al ritmo del compás.

En ese momento me di cuenta que en verdad no había aprendido nada en mis clases de alemán de hace unos meses atrás. Sentí la necesidad de retomar el idioma.

Ya iban a ser las 2 de la tarde y mi estómago (Y mi conciencia) me pedía a gritos comida. Solo les voy a decir algo… No es un mito que los alemanes comen en grandes cantidades. No tengo ni idea de cómo hacen para comer tanto y al mismo tiempo no embucharse con la cerveza. Años de experiencia, pensé. Para mí el menú era too much.

De entrada, comimos un goulash que estaba demasiado bueno. Básicamente era una sopa con carne y vegetales sazonada con paprika y otras especias.

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De plato principal, dos salchichas alemanas y una chuleta (Que en serio estaba de más) con una variedad de opciones de contorno; opté solamente por el puré, pero la ensalada de papa también se veía sabrosa. Por el otro lado, el sabor de la mostaza era impecable.

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Yo estaba contenta con mi comida, pero igual lanzaba miradas de “¿Cómo voy a comerme todo esto? Ya no puedo más” a los otros, mientras ellos comían silenciosamente su lomo y rodilla de cochino (Que también eran extremadamente gigantes). Yo igual en el fondo sabía que estaban pensando lo mismo que yo, solo que no lo decían.

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Ninguno logró terminarse su plato por completo. Pero como siempre, hubo espacio para el postre. Nos comimos un helado de vainilla con chispas de chocolate… Para luego continuar tomando.

Después

Luego de casi 6 horas seguidas en el sitio, mis últimas cervezas fueron Polar Pilsen (Solo porque quería el vaso de recuerdo) y la Solera Marzen, la cual es la típica cerveza de Oktoberfest. En definitiva esa fue mi favorita de todo el día.

Ya el final estaba cerca, pero yo tenía una sonrisa en la cara. El evento valió totalmente la pena. Contenta que una vez más había podido vivir una buena experiencia en Caracas, lugar donde quizá la mayoría de las veces nos sentimos agobiados y estresados. Esta era la Venezuela que yo quería… Donde hacer cosas como esta era posible.

Nos fuimos a eso de las 5 de la tarde.

Cuando llegué a mi casa, entendí porqué los alemanes hacían tanto alboroto por el Oktoberfest. En ese entonces me encontré con un montón de fotos innecesarias en mi teléfono (La mayoría están en este artículo) y un recordatorio de todo lo que tenía que hacer antes de mi primer día en 3er año de mi carrera, que se me había olvidado por completo que era al día siguiente... Incluyendo un email con el horario terrible de mi querida universidad.

Me consolé a mi misma... Fue una buena manera de terminar las vacaciones.