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La vida cuando eres chill en un entorno de intensos - Komienza | Vive tu vida al máximo
Heavy shit.

Supongo que para este momento ya sabes a qué me refiero. Es ese momento incómodo en el que tu mejor amiga está llorando desesperadamente y te preguntas qué habrá pasado (pues esas lágrimas no salen con tanto entusiasmo por cualquier cosa). Pero luego tu decepción toma protagonismo cuando te explica que tuvo una pelea con su novio, porque ella no le dijo que saldría con sus amigos. Ah, ok.

No es por nada, pero creo que a los veintitantos ya el alboroto hormonal no respalda los espectáculos que provocan las cosas sin mucha importancia. Asuntos como el de mi amiga, o que un compañero de clases me llame un domingo a las 10 p.m. para decirme que al profesor le gustaría nuestro trabajo (ya listo y ya corregido) si fuera un poco diferente, son los que hacen que mi ansiedad volcánica se asome de vez en cuando.

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Pero al parecer, ser chill (tranquila) es un pecado, y he tenido que vivir con él casi toda mi vida.

Desde que soy pequeña, (casi) siempre me he sentido orgullosa de tener el carácter de mi papá y no el tempestuoso genio de mi mamá, que hace un drama por un vaso en mi cuarto (bueno, 7. Sorry, mom). Me distingo por ser serena: si tengo un problema, lo digo, y las confrontaciones no son mi punto fuerte, así que los evito en lo posible. A medida que han pasado los años, las experiencias me han hecho entender de que una confrontación explosiva no es absolutamente necesaria. Aunque más que aprendido, he rogado con que así sea. Sin embargo, no siempre nos vamos a conseguir gente madura y normal en la vida que esté de acuerdo conmigo.

Lo sé porque, al ingresar en la universidad, noté un ligero detalle sobre las personas, y es que son locas y desquiciadas (me incluyo en este grupo, pero soy de esas que prefieren no manifestarlo), y que si quieres sobrevivir, tienes que manejarlo con inteligencia.

Sin poder evitarlo, los intensos encuentran su camino para llegar a mí, pues me ha tocado lidiar con ellos desde el primer día de clases. Una de mis mejores amigas (antes de serlo) me llegó a odiar porque no le gustaba que me la pasara con otra muchacha (la verdadera víctima de su desprecio). Pero como me gustan los finales felices, todo conspiró para que terminara amándome, y ahora me grita porque odia que yo no le grite a los demás.

También me ha pasado que para un trabajo audiovisual, recibí como 20 mensajes de la misma persona en un mismo día, preguntando si deberíamos haber hecho tal u otra cosa para la presentación de un proyecto que ya se evaluó. ¿Por qué? Ya pasó, nos equivocamos. Es normal y no volverá a pasar. Let dat sh*t go, sista.

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Todos nos equivocamos todo el tiempo, pero creo que mi falta es que lo supero, algo que a algunas personas les cuesta mucho y, en su lugar, se ponen a llorar por haber raspado una materia, o por haber tenido una pelea con su novio porque miró el escote de la chama de la mesa de al lado.

Esto lo hemos vivido todos, pero creo que todo el mundo reacciona muy diferente a situaciones como esta. Y en este artículo, quiero manifestarle al mundo que las formas en las que se enfrentan a las situaciones dicen mucho de cómo eres, y puede tener consecuencias tanto en tu salud como en el de otra persona.

Sin embargo, debo confesar que la razón por la que no suelo involucrar mi adrenalina en todos los aspectos de mi vida es porque disfruto de la ausencia de conflictos y gritos. Soy floja para pelear, y esa es la pura verdad. No es porque no sepa hacerlo, sino por qué molestarse por detalles insignificantes consume mi tiempo y mi energía de una manera exhaustiva e inútil. Incluso a veces me siento como Meursault del libro El Extranjero, donde prácticamente se le acusa de no tener sentimientos. Pues sí, tengo sentimientos, sólo que no los voy a manifestar contra el pobre mesero por no tener mi comida favorita en el menú.

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Voy a concluir aclarando dos cosas: uno, es que no soy completamente chill en todo momento, pues mi intensidad solo suele ver la superficie de los inevitables conflictos de amor o amistad, y acostumbra estar dormida en situaciones laborales y académicas. Y dos, es que no confundamos ser intenso con ser sensible, o “estar pendiente”; porque una cosa es querer que las cosas pasen o se resuelvan, y otra es montar shows innecesarios.

Menos mal que ya he aprendido a tratar con especímenes cuyo hábitat natural es la intensidad, porque no quiero imaginar cómo me pondría. O tal vez, ya me he convertido en una intensa-pasiva y no lo quiero admitir. ¿Quién sabe?

Sh*t happens.

Soy fiel creyente de que las cosas pasan por una razón, pero si tu solución consiste en perturbar la paz de alguien más, vamos por mal camino. Así que lo que tienes que hacer es compartir este artículo con tus amigos intensos, para que entiendan tu frustración y la mía, a ver si le bajan dos.