Porque cualquier asueto es excusa para salir de la ciudad, dispersar la mente y sentir el Caribe. Lástima que, hasta eso, sea una incómoda experiencia. Gracias, Venezuela.

Vivimos en el país de las excusas. Para todo hay una y cuando se trata de días libres, la mayoría no se suele quejar. Como cualquier caraqueño, al acercarse el “carnaval” –festividad que justifica la compra de un bañador, o dos-, conseguí plan con un grupo de personas dispuestas a viajar a la Perla del Caribe. Quedarse en Caracas simplemente ya no es una opción… Caracas da sueño.

Es necesario dejar claro que los jóvenes de este país tenemos sueldos que dan risa–común denominador-, pero de alguna u otra forma siempre resolvemos como salir del foso de la pobreza para asolearnos a lo largo del territorio nacional, ya sea vendiendo cualquier vaina por Mercado Libre o, en casos más extremos, vendiéndose a sí mismos. Para mayor información, ingrese en el Explore de Instagram y vea los arraigados valores de muestra la bella juventud. Hilos, champaña y yates: so classy. Saque sus propias conclusiones.

El proceso de planificación fue extenso y laborioso. Primero y principal, ¿dónde dormir? Siempre es indispensable que por lo menos una persona ponga el techo donde todos puedan caer muertos. Se logró. La alimentación debía ser amplia, balanceada y sobretodo económica. Se logró. Lo siguiente a concretar fue el absurdo tema del transporte terrestre durante la estadía, para no gastar nuestras escuetas herencias en un taxi vía Playa Caribe. También se logró. Es que, definitivamente, entre varios todo se puede. Amén. 

Por último, pero no menos importante, los pasajes. Aeropostal, Laser y Conviasa se cansaron de escuchar a 11 personas, las 24 horas al día, llamando para comprar los afamados boletos que debieron estar garantizados para todos los temporadistas con ánimos de turistear al destino playero. Como de costumbre, éstos fueron liberados 1 semana antes y, gracias a nuestra insistencia, emitimos.

Llegó el día. Arrancamos bien temprano en la madrugada para llegar con antelación a Maiquetía. Aquel drama latente de la inseguridad nos tuvo persignados en tres carros distintos a 120 kilómetros por hora mientras atravesábamos los viaductos y túneles. El traslado se hizo eterno. Claro, porque bajar a La Guaira a las 4:30am es todo una hazaña de 25 minutos. En fin, llegamos sanos y salvos -en mi caso con temor de algún ligero frenazo en el traje de baño. 

Inicia la crisis. El chequeo de las cavas y maletas siempre ha sido y será una experiencia poco placentera. Y es que cómo no va a serlo, si la gente que atiende parece ser esclava del amargue y constante maltrato de las masas. Como de costumbre, ni los buenos días ni la sonrisa de atención al cliente vinieron en combo. Esas vienen por separado y con costo adicional, if you know what I mean… 

Dios nos quiso mucho esa mañana y nos permitió huir rápidamente de los dementores del counter de Laser para ingresar y esperar. En realidad, no puedo quejarme, todo estuvo bastante bien, ninguno de los puntos anteriores pudo contra nuestra buena actitud. Todo fue normal hasta que un colectivo de doñas invadió nuestro espacio personal. 

No hay nada peor que sentir el roce de un desconocido. El fuerte olor ajeno, tanto bucal como corporal convierte lo terrenal en algo infernal. Olía como a colonia Melody con arepa de huevos de codorniz y queso Amarillo, infame. 

Apartando eso, este fue un caso de tropiezos, de no ver hacia adelante y pisarle los talones al grupo de jóvenes en el avión: nosotros. Fueron 25 minutos de abordaje entre el puente y el avión. 25 minutos de la ladilla constante e innecesaria de un equipaje desconocido incrustado a la fuerza en la parte baja de mi espalda. Mis intentos por separarme fueron nulos, a esa gente le gusta pegarse como un club house. Varios nos quejamos en voz alta y, como ya nada sorprende, el hecho de que nos hayan ignorado nos pareció poca cosa, así que intentamos olvidarlo y tomar asiento.

Para más colmo, todavía existen personas que deciden montarse en un avión en dirección a la playa con una ruana, gorro y suéter bordado con un clásico y elegante “I love Mérida”. Coño no, por favor, deténganse. Flip flops, uñas con incrustaciones, botas Timberland y falta de aseo personal en manos y pies son algunas de las cosas que también pueden perturbar la paz de aquellos que nos consideramos consientes del tiempo y el espacio al que estamos atados.

Aterrizamos. Nadie aplaudió, eso sí fue sorprendente. Mientras tanto, en el interior del aeropuerto, el CICPC recibía cordialmente a todos los pasajeros en fila, para realizar un fantástico operativo de revisión de cédulas. Uno a uno, presentaba su cartulina forrada con papel contact rotulado ante el oficial a cargo. Éste recitaba en pausadamente y en voz alta los números de cada documento mientras usaba un celular azul bebé en speaker, a modo de walkie talkie, para comunicarse con otro de sus compañeros quien se encargaba de corroborar que la persona en cuestión no fuera delincuente o algo por el estilo. Todo esto me resulta completamente innecesario.

Pasado el filtro de seguridad, el estrés aun afecta a la mayoría. Después de 40 minutos de espera, las maletas y cavas empezaron a salir. Todas llegaron cerradas y con todos sus candados. Parece ser que ya no las abren por “diversión”.

Para culminar nuestra llegada con broche de oro, solo faltaba retirar los carros en el Car Rental del Aeropuerto Internacional Santiago Mariño. ¿Pero cómo se nos ocurrió que todo iba a estar bien si aquí nada está bien? El lugar olía a vertedero con sancocho, no tenía aire acondicionado y para más colmo, no funcionaban los puntos de venta. Pero eso no es todo, los carros no estaban listos, ni mucho menos cerca de donde estábamos ubicados. Luego de dos horas bajo el sol y media caja de cervezas llegaron los 3 Chery Orinoquia, nuevos de paquete. Y es que lo barato sale caro.

Día 1

Felicidad plena, hora de descrestarse y entregarse a la costa –verbo descrestar: cuando tienes el pelo peinado y encopetado pero lo bates al caerte a palos. Llegamos a playa Manzanillo, lugar de viejos y poco oleaje, perfecto para pasar la tarde luego de una mañana tediosa. Como nada en este país es suficientemente seguro, la Guardia Nacional Bolivariana no podía faltar. Bajo el sol incandescente, tres flacuchentos militares pasearon ida y vuelta, de punta a punta, con sus metralletas, chaleco y botas, como si se tratara de un día normal por el Mercado de Conejeros, atravesando los juegos de paleta de unos cuantos niños y el partido de futbolito de los pescadores de la esquina. Claro, hay que prevenir la invasión Yankee de nuestras costas... 

Ahora, un juego: ¿Cuál es la probabilidad de infiltrar a un Marine, sin armas, en Margarita y que éste tome la isla por su cuenta? 99/100. Gracias.

Día 2

Ahora se puede pagar los toldos con dos simples billetes. Así es. Estos nuevos papelitos de colores son un éxito a la hora de cancelar montos altos, perfectos para pagar cualquier toldo de playa. Estas comodidades oxidadas por el tiempo y salitre, además de tener rastros de tétano, tienen un precio que oscila entre los 10.000 y 20.000 Bolívares Fuertes, cuando se trata de una sola sombrilla y un par de tumbonas. Obviamente, esta humilde cantidad de dinero varía dependiendo del lugar que se visite. Lo que quiero decir con esto es, si de casualidad no lograste conseguir estos flamantes billetes y sigues utilizando los antiguos, como yo, la recomendación al momento de viajar es la siguiente: prepara una maleta de efectivo y olvida tus tarjetas de crédito o débito, ya que esas no sirven allá. 

Día 3

De vez en cuando es sabroso darse un gusto y que mejor forma de hacerlo que con una cena en un lugar cool, con música cool y todo cool. Ajá, solo hay como 4 lugares realmente cool en la isla y cada uno es más caro que el otro. Uno de ellos se ubica cerca de la entrada de Pampatar y según las lenguas, los tragos que ahí sirven pueden volverte “loco”… Comenzamos con la carta de tragos y bebidas, acompañada de un bastante polite de la mesonera: -Disculpen, debo informarles que no tenemos cocteles, no tenemos Ron Blanco sino Cachaza –un tipo de ron horrendo-, tampoco tenemos para hacer martinis ni vinos. Solo tenemos Ron Diplomático y Vodka. Esta explicación generó dudas en el grupo de 11. La principal -¿Por qué nos ofrece la carta si no hay un coño? A partir de ello, la atención se vino al piso y esperamos aproximadamente 1 hora para recibir parte de las entradas y media hora después los principales. Para más colmo, solo había un postre disponible. Un pie de limón con sabor a derrière que, sin duda alguna, debe ser merecedor del galardón del peor postre del universo entero.

Para esto solo tengo una conclusión: los planes en casa siempre saldrán mejor. Piénsalo, parrilla, acompañantes, bebidas, la música que quieres, entre otros. Comes, te metes una mega vegetal y chao, a dormir.

Día 4

La Isla de Margarita sufrió un diluvio sin sentido durante 2 días seguidos. No hay nada peor que la lluvia de playa, sobretodo cuando la brisa vuela toldos y las gotas se sienten como piedras en la piel. Como personas responsables, decidimos retornar temprano de Playa El Agua para evitar morir ahogados entre el oleaje y el torrencial aguacero. Una vez en los carros, recibimos el llamado del último transporte de la caravana: -Bueno, imagínense que nos pegó una piedrita en el vidrio de atrás y bueno, se cayó. Nadie entendió: - Si, al parecer el mecanismo se jodió y para no mojarnos tenemos que aguantarlo con las manos, pero no importa. En la casa le ponemos una bolsa. 

Al llegar, se corrobora la historia. El carro emparamado, el vidrio caído y para empeorar un poco la cosa, el rin doblado por alguna razón desconocida. Nuevamente, como personas decentes, a primera hora del día siguiente ubicamos a un mecánico, reparamos lo dañado y seguimos con nuestro viaje. Repito, lo barato sale caro.

Día 5

Son las 4:00am y todos despiertos para terminar de recoger lo que falta y así regresar a la capital. La luz se despidió de nosotros literalmente un minuto después, el diluvio continuaba. 11 celulares alumbraban la casa hasta que el primer zombie madrugador decidió bañarse. Vaya, vaya, bonita sorpresa, tampoco había agua. Hediondos y con olor a pijama emprendimos el trayecto de vuelta al aeropuerto. Al llegar descargamos los carros, nos chequeamos sin problemas y abordamos a tiempo nuestro avión. En la ventana, una elegante y disecada cucaracha albina adornó la vista de la fila 15 mientras la turbulencia estrujaba los estómagos y acababa con las ganas de dormir de los presentes. Caracas nos recibió con más lluvia y con retrasos en la entrega de equipajes, pero al fin y al cabo, nada nuevo que no sepamos.

Debo sincerarme. No fue un viaje tétrico, tampoco fue grave ni nada por el estilo. Sin duda pudo haber sido bastante peor. Simplemente nuestro país se vino abajo, por las razones que ya todos conocemos y eso ha ido desmejorando las cosas que antes solíamos disfrutar de una mejor manera. Aun así, buscamos la forma de escapar del estrés en estos cortos días para intentar vivir más tranquilos, aunque no siempre sale como quisiéramos. La idea no es conformarnos con lo que tenemos, no acostumbrarnos a lo malo y buscar lo bueno. La idea es aprovechar los momentos, vivirlos y buscar un cambio.

Margarita es un lugar encantador, solo le hace falta cariño. A nuestro país le hace falta cariño.

Es lamentable, sí. Podemos mejorarlo, también.