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En Semana Santa subí con unos amigos al Roraima - Komienza | Vive tu vida al máximo

Nos tuvimos que mover en carro desde Caracas hasta Bolívar para ahorrarnos el pasaje de avión y tardamos dos días en llegar. Teníamos todo planeado para no perder tiempo y poder iniciar la caminata apenas llegásemos, pero no pudimos empezar; nuestro guía estaba ebrio. 

La última estación de gasolina.

La última estación de gasolina.

Cuando llegamos a Paraitepuy -que es el último sitio al que se puede acceder con camioneta antes de comenzar el recorrido- conocimos a Fidel, nuestro guía, y estaba totalmente borracho. Por eso (y porque llegamos un pelo tarde) decidimos pasar la noche en el sitio. A la mañana siguiente, empezamos la caminata sin él, pero esta vez porque estaba enratonado.

El recorrido pintaba bien durante la primera media hora, hasta que nos encontramos con la primera subida, conocida como “Los lamentos”. Y tiene ese nombre porque allí es donde uno empieza a preguntarse por qué coño no escogió pasar Semana Santa en la playa, aunque realmente debería llamarse “Apenas el primer lamento”, ya que esos momentos de reflexión se repiten varias veces.

En nuestro plan de ahorro decidimos no contratar porteadores -que son los que te llevan el bolso con la comida y las carpas, además de armártelas y cocinarte-, por eso el camino se nos había hecho tan rudo (y el sol tan coño de madre tampoco ayudaba).

En la tarde, montamos el campamento mucho antes de llegar al sitio planeado porque estábamos demasiado mamados como para seguir, y por si el día no había sido suficientemente intenso, la plaga aportó su parte. Fidel logró alcanzarnos allí.

El día siguiente fue bastante parecido al anterior, hasta que llegamos al siguiente sitio de campamento, que quedaba en el pie del Roraima. El clima era diferente; todo estaba rodeado de nubes y la temperatura era mucho más baja.

Empezamos a subir el tepuy en el tercer día, y cuando estábamos en la cima, lamenté no haberme quedado en casa viendo televisión. Ustedes van a decir “este mariquito sí se queja”, pero el clima de sol ya no existía, empezaba a llover, el peso de mi bolso aumentaba porque se mojaban las cosas, pegaba el viento y aún no encontrábamos un sitio donde acampar. Pasamos horas buscando un refugio porque todos los sitios estaban ocupados, y cuando por fin encontramos uno, montamos rápido el campamento, cenamos y nos pusimos a dormir como a las cinco o seis de la tarde; todos estábamos cansados.

Esperando en el frío a Fidel, que había dejado sus cosas para ir a buscar un refugio

Esperando en el frío a Fidel, que había dejado sus cosas para ir a buscar un refugio

Todo mejoró en los siguientes días.

Conocimos los puntos de interés del Roraima: Los jacuzzis, que son unas piscinas naturales (heladas); La ventana, que queda en el borde del tepuy y es un gran hueco entre las piedras que da vista hacia la sabana; El Máverick, que es el punto más alto y se llama así porque supuestamente se parece al carro; y Punto triple que es el sitio en donde se une Venezuela con Brasil y Guyana. Todo eso fue mucho más relajado ya que no cargábamos los bolsos (íbamos y volvíamos al sitio de campamento).

Nuestro team en la cocina del campamento.

Nuestro team en la cocina del campamento.

Luis y yo en La ventana (no se veía nada porque estaba nublado).

Luis y yo en La ventana (no se veía nada porque estaba nublado).

Pasámos tres noches arriba, mientras recorríamos el sitio, y al cuarto día comenzamos a bajar.

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A pesar de mis quejas, viví más cosas buenas que malas. Fue agotador, pero valió la pena, sobre todo porque el hecho de estar allá arriba da una satisfacción exclusiva. Además, la vista es simplemente arrechisíma.

Al final, cuando ya estábamos en la civilización, tuvimos que dormir en el patio de la casa de nuestro guía y le invitamos todo el ron que pudo tomar, salvándolo de la sobriedad que había vivido esa semana con nosotros.

Fidel (el de la mano levantada)

Fidel (el de la mano levantada)

EL patio de su casa

EL patio de su casa