Monólogo de una glotona

Vivo en un país donde la comida es lo primordial. Sé que aquí la cosa está dura con el tema de las colas y el precio excesivo de los productos alimenticios. A pesar de todo esto, la gente sigue comiendo aunque exista el hambre del que tanto discute el venezolano común. Yo también tengo, y por eso como tanto. Yo trabajo duro y puedo darme algunos lujos que en otros lugares del mundo son algo normal. Aquí soy feliz comiendo una pizza, una hamburguesa o una ración de sushi, o sí me preparo un plato de ingredientes caros. Todo depende del antojo. Obviamente, estoy un tanto gordita. Tal vez sea una paradoja, ya que estamos en medio de una crisis económica. Por eso mismo me resigné: si no puedo dejar de ser así en toda esta tormenta, menos será cuando pase. Solo queda decir que quien no rebajó con la “dieta de Maduro” jamás lo hará.

He visto a algunos amigos o familiares que han adelgazado; me cuentan que dejaron de consumir carbohidratos en la noche, comer azúcar o grasa en exceso. Unos por elección, otros porque no ganan suficiente dinero. El caso es que están flacos. Yo sé que todo eso que consumo hace daño. Lo que engorda es simplemente delicioso. Lo admito, pago el precio que sea con tal de no hacer una cola para endulzarme la vida con una buena taza de café. Suerte que la situación en Venezuela a veces aprieta tanto que hay momentos en que no puedo comerme un dulce. Mi salud me lo agradece, y mis bolsillos también. Eso significa que, si el país funcionara, sería más gorda. Menos mal que no estamos bien.

Hay que quererse, eso es verdad. Una tampoco debe permitirse aumentar de peso. Por eso digo “menos mal que no estamos bien”, porque la gente comelona como yo es controlada. Esto quizás sea es un poco confuso para mi cuerpo. Me diría: “¿Hoy vienes con mucho y mañana con lo normal? ¿Quieres adelgazar o quieres engordar? ¡Decídete!”. Ojalá pudiera, pero estoy estancada. No puedo ni disminuir ni aumentar kilos. Lo siento por aquellos que han bajado de peso. Sé que son muchos. ¡Me molesta que lo hayan hecho obligados y no por elección!

No sé cuántos gordos vivimos en este país. No me importa la cantidad. Solo basta con salir a la calle para saber cuántos somos. Volteas, y hay un policía de prominente lipa, o te encuentras con una alquila teléfono de muslos grandes. Vas a una feria de comida o a una calle del hambre y ves gente comprando lo que se ajuste a su presupuesto. Casi todos los que ocupamos los asientos solemos ser personas grandotas. ¡Comemos mal! No pasamos hambre, aunque alimentados no estamos. ¡Esa frase de nutricionistas! ¡Ja, ja, ja!

He intentado ser constante con el buen hábito alimenticio, pero simplemente lo abandono. Si pudiera comer una barra de chocolate grande todos los días lo haría. También empanadas, shawarmas, arroz chino, caraotas, panquecas o pastelitos. Durante los meses buenos me doy ese gusto; para los malos, basta para pasta con queso. Con dinero o sin dinero, no me alimento. He intentado someterme a un “régimen alimenticio” para mejorar mi salud, y siempre fracaso porque los alimentos fitness son caros y sin gusto. Invertiré en mi felicidad, y esa felicidad se llama “comida”. Si de algo nos vamos a morir, prefiero vivir comiendo que morir de hambre.