Las galletas escondidas del clóset alimentan el antojo y la complicidad fraternal - Komienza | Vive tu vida al máximo
En las relaciones entre hermanas el apoyo viene en forma de vasos rotos, dramas de colegio y galletas escondidas.

Los hermanos casi siempre son compañeros de juegos y de vida, secuaces y cómplices, amigos y almas gemelas. Y en mi caso, es la forma en la que aprendí que algunas muñecas no están para seguir tu juego, sino para crear el suyo, haciéndote el afortunado invitado especial en su propio espectáculo.

De pequeña siempre quise un hermanito. Niño o niña, lo que viniera. Alguien a quien hacer cómplice de mis intentos de resolver el misterio de la princesa Anastasia, o de imitar las recetas de pociones de Harry Potter. Porque no había nada más lamentable que tener 5 años y estar rodeada de adultos muy ocupados para jugar a las barbies. Así que hice lo más lógico y se lo pedí a mis papás.

Cuando tenía 10 años, me regalaron lo que tanto había pedido. Era una niña, una muñeca con las que tanto había jugado en mi soledad pero en tamaño real, arrugada como una pasa y con un perfume natural de bebé. Bastante parecida a mis muñecas.

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Pero a diferencia de mis muñecas, ésta crecía cada vez más. Su rostro fue deformándose al de una niña con cada día que pasaba, y sus gustos cambiaban con la misma frecuencia. Yo, que era perfectamente feliz leyendo y dibujando planes y juegos, estaba atada a alguien que no podía quedarse quieta por más de 10 minutos. A los 6 años comenzó a montarse en todas las mesas, sillas y taburetes que habían en la casa. Mientras más altos, mejor. Así que mi mamá tomó una decisión que yo había rechazado infinitas veces. La gimnasia artística se convirtió en su nueva pasión, y la mía en verla hacer acrobacias y saltar hasta casi volar dentro de la casa y en competencias escolares.

Mientras yo limpiaba mis viejas barbies, ella las rechazaba diciéndome lo aburridas que eran porque ni siquiera se movían, cuando “las de la tablet” no dejaban de hacerlo. Después de eso, sucumbió ante el hechizo del rey del pop. Por meses, lo único que escuchamos en la casa fueron los éxitos de Michael Jackson, a quien mi hermana se esforzaba tanto en imitar. Entonces, mi mamá tomó otra decisión que yo siempre negaba: clases de baile. Ella se antojó tanto del ballet como del flamenco, y lo hizo genial.

Comprendí que mi hermana era todo lo que yo no era. Diez años y un mundo de diferencia, pero al final del día siempre me pedía que le explicara el libro que leía o cualquier película que estuviese viendo. Mis momentos favoritos eran cuando se le rompía algo. Irónicamente, era bastante torpe. Desde vasos y tazas hasta libros y muebles; todos eran víctimas de mi hermana, por lo que siempre acudía a mí en busca de una coartada profesional, la cual era mi especialidad. Todo lo que ella rompía desaparecía del radar de mis papás por tiempos indefinidos.

Siempre encontré en mi hermana un pedazo de mí, así que, aunque no ella aceptaba mis gustos, aceptaba mi complicidad. Mis papás siempre me inculcaron valentía, y aplicaban esta enseñanza en varias situaciones, como no dejarme dormir en sus camas cuando tenía pesadillas. Esa es la mejor recuerdo. Pero en el caso de mi hermana, siempre podía dormir en mi cuarto con la simple excusa de que yo nunca tuve con quien.

También desarrolló la pasión de comer cualquier galleta o chuchería que encontrara en el camino. Así que mis papás tomaron otra decisión que no habían tomado conmigo, que consistía en esconder las galletas para poder distribuirlas de una manera justa y saludable para nosotras, pero en especial por ella.

Gracias a la gimnasia artística, mi hermana adquirió una elasticidad admirable, herramienta que utilizaba para la exigente jornada de búsqueda de galletas. Cuando por fin la descubrí hurgando en el clóset de mis papás, ella se espantó, pensando que la acusaría. Al contrario, le pedí que me diera una en cuando la encontrara. Desde entonces, lo hicimos nuestro secreto, lo que la emocionaba a ella. Siempre se disponía a buscarlas y darme una a espaldas de mi mamá. Y bueno, yo también hacía lo mismo.

Sin embargo, cuando empezó mi pasión por el amor, ella siempre opinaba con su extraña sabiduría infantil diciéndome lo que necesitaba escuchar. Frases como “No llores por niños, llora porque no hay helado” o “él no era para nada Carlable” (término inventado por ella para decir que es más apto para mí) recorrían mi corazoncito con el efecto de una pega loca para reparar lo que otros habían fracturado. Algo así me tocó vivir cuando las niñas de su colegio se metían con ella, pues siempre contaba con mi aprobación cuando recibíamos una nota de la maestra diciendo que le había escupido a las niñas.


Por conspirativa que suene nuestra relación, hemos crecido con la determinación de basarla en la confianza de las cosas, tanto políticamente correctas como en las incorrectas. En especial, las incorrectas. Esperando apoyarnos no solo en galletas escondidas y en vasos quebrados, sino en secretos inmutables y en corazones rotos. Porque, aunque aún tenga diez años, ella prometió compartir su vida conmigo, con la simple excusa de que yo no tuve con quien.