Ya no más “¿acaso no ves que tengo audífonos?” look. Un reto para una amante del aislamiento.

Mi iPod era mi refugio. Una vez que me ponía mis audífonos, le daba play a la película de mi vida, y soñaba que mi papel era interpretado por Natalie Portman y que en el camino hacia la universidad conocería a mi Bradley Cooper. Porque eso hace la música portátil; nos aísla en nuestro propio mundo, asignándole un distinguido soundtrack a nuestra vida. Esto hizo de la mía una al estilo de Nicolas Winding Refn.

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No soy la única, pues así ha ocurrido desde el nacimiento del iPod hace más de 10 años. Pudiste notar a más y más personas con audífonos en la calle, caminando al ritmo de su propio gusto como si fuera un video musical. Así que me acostumbré a la idea de que tal vez sufra de una ligera esquizofrenia por imaginarme mi propia realidad alternativa.

Pero jugar a la esquizofrenia tiene sus beneficios. El editor de un portal llamado Cult Of Mac, Leander Kahney, dijo que el iPod era una “droga al ánimo”. Y si lo queremos llevar al nivel médico, les diré que la música reduce la depresión en un 25%, y el 75% que queda nos lo causa la gente que se atreve a hablarnos con los audífonos puestos.

Entonces, me tuve que enfrentar al dramático y exagerado riesgo de sufrir depresión o arrechera incurable cuando mi iPod, que me lo había prestado mi prima por casi dos años, tuvo que ser devuelto a su verdadera dueña. ¿Qué ya no podía hacer? Vivir mi propia película. ¿Qué iba a hacer ahora? Asumir mi realidad.

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Y lo asumí como un reto para ver cuáles serían los resultados después de un tiempo. Al principio, tuve que enfrentarme a las siguientes situaciones:

1. “Quiero comerte esa cuca” y otros comentarios pervertidos fueron dichos y escuchados.

Las chicas (y algunos chicos) saben que es imposible que dejen de decirte cosas en la calle. Sin embargo, mi iPod era mi escudo, y fue deshabilitado para escuchar cosas como estas.

2. Formé parte de un concierto de salsa gracias a un tipo en el metro que no estaba de acuerdo con el uso de audífonos.

Siempre hay uno que cree que todos tienen el mismo gusto musical que él.

3. Todo fue como una película lenta: sin ritmo, sin emoción.

Ya me estoy poniendo dramática, pero nadie caminaba como si fuese un video de Michael Jackson o de Red Hot Chili Peppers, sino al ritmo de las cornetas de las camionetas y de los efímeros sonidos del merengue.

4. Me tardaba más en salir y menos en llegar.

Me quedaba escuchando música mientras me arreglaba porque sabía que me quedaba un largo recorrido sin soundtrack agregado. Y la calle era demasiado para asumir sin la presencia de mi amigo David Bowie.

Cabe destacar que la ausencia de un carro hace que sea imposible ignorar a la gente ladilla de la calle con tan sólo subir las ventanas. Tuve que tomar el riesgo de que cualquier persona pudiera pedirme direcciones o iniciar una conversación de la cual no me interesaba la más mínima participación.

And suddenly, mi dramatismo de disolvió como mi maquillaje en el calor

No me quedó de otra. Tuve que “estar presente” en la calle. Escuchar las conversaciones de parejas intensas o de amigos gritándose chistes de un extremo a otro, ser testigo de todo tipo de miradas de la gente, observar las personas que me rodeaban, la mercancía de las tiendas y los menús de los restaurantes, las risas de las personas y de la mía al ver a alguien que se caía, o de mirar con complicidad a alguien que me vio caer a mí también…

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A medida que fueron transcurriendo las semanas, me acostumbraba a la realidad a la que me había enfrentado sin escudo. Los piropos pervertidos no tuvieron efecto en mí (bueno, al menos no tanto), pude omitir la salsa del metro y tripearme a la señora de al lado cantándola, y la calle adquirió su propio ritmo y emoción de la que sólo me convertí en espectadora, dejándome comprometer en ella y ella conmigo. Sin embargo, no pude dejar de salir tarde porque es físicamente imposible para mí.

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Aislarse es necesario de vez en cuando pero no siempre, y ese es el error que los millennials podemos estar cometiendo. De acuerdo con los expertos, la conexión ahora es indispensable. Si no estamos con un iPod en nuestros oídos, estamos con un teléfono inteligente en nuestras manos.

Después de mi dieta sin iPod, sólo puedo hacerte un llamado a desconectarte al menos una vez por semana. Vive tu realidad y atrévete a “estar presente”.

#LeccionesDeUnaIntensaPobreYSiniPod