Pálida Brou: “Me botaron del trabajo” - Komienza | Vive tu vida al máximo
5 entrevistas a quienes han escuchado o leído la frase: “Tas’ botao”

El trabajo asalariado en Venezuela es un chiste. A pesar de que lo sea, nuestra moral y la presión social nos obliga a formar parte de una nómina, llegar temprano, cumplir con pautas, vestirse bien, fingir que los compañeros te caen bien, etc., y todo para recibir quincenalmente un miserable sueldo. ¿Te diste cuenta de que no vale la pena? Por pensar así, te despiden antes de que renuncies como a estas 5 personas:

Antonio (26): “Trabajaba en un periódico, era reportero. Estuve allí durante 3 años, me pagaban sueldo mínimo, me redoblaron unas cuantas veces sin consulta previa, me miraban mal cuando no asistía a las marchas opositoras, no me gustaba la guardia nocturna (no la de Game of Thrones). Era la de sucesos. Recuerdo que la editora siempre me preguntaba: “¿Trajiste muerticos?”, se refería a la parada obligatoria en la morgue para anotar los nombres de las víctimas de homicidios. ¡Era una vieja detestable!

“Durante una noche, pasó algo terrible. Una mujer y su niño de tres años fueron asesinados, según por ajustes de cuentas, como siempre dicen los policías. Fui al sitio, anoté lo necesario y regresé a la sala de redacción. Cuando llegué, la editora me volvió a preguntar: “¿Trajiste muerticos?”, no sé si fue el tono, la pregunta, el hecho de que haya visto el cadáver de un niño, el sueldo o lo cansado que estaba, pero estallé y le dije: ‘Mire, vieja detestable, me gustaría verla en la morgue llorando a su hijo que acaban de matarlo y que escuche a un periodista decir: ¿Cuáles son los muerticos de hoy? ¿Cómo se pondría? ¿De verdad cree en la objetividad del periodista? Eso es pura paja, porque ustedes son los primeros que se alegran cuando hay guarimba. Sean sinceros y no tengan miedo en decir quiénes son’.

“Al día siguiente me llamaron de Recursos Humanos para decirme que estaba despedido por haber agredido a la editora. Tardaron 5 meses para liquidarme, con el cheque me compré una camisa. Ahora soy escritor freelance. No soy millonario, pero estoy por mi cuenta”.

Gabriel (29): “Cuando era más joven, trabajaba en una panadería. Era de unos árabes que pagaban mal. Trabajaba mucho pero en ese entonces la situación del país no estaba tan difícil como la de ahora. Lo que ganaba me daba para vivir como cualquier muchacho. No me dolía gastar el sueldo en mujeres, me alcanzaba para ropa, cena, condones y hoteles.

“Un día conocí a la hija del jefe. Él nunca la llevaba a la panadería. Al verla me di cuenta del porqué: Era hermosa. También coqueta. En el trabajo éramos 5, todos hombres. Apenas la vieron, intentaron pedirle el número de teléfono. Parecían unos perros que intentan montar una perra en celo. El jefe no se daba cuenta, por eso insistían. Ella no les prestaba atención. Me animé a hablarle; era una muchacha sencilla y tímida. Nos enamoramos y tuvimos un hijo. El señor no lo aprobó. La obligó a abortar y, por supuesto, me despidieron”.

Alejandro (26): “Para trabajar en el negocio de los seguros hay que tener bastante paciencia. Hay gente que no tiene ni idea de qué va. Creen que la empresa les regalará el dinero. Comento esto porque soy analista de Riesgos y lidio con eso todos los días sea donde sea. Un día me harté y golpeé a un asegurado. Me despidieron. Lo admito, tengo problemas de ira. No me hagas más preguntas”.

Carolina (23): “Acababa de graduarme de publicista. Conseguí un trabajo en una agencia que estaba comenzando como yo. Al principio todo era bien. El jefe me parecía un sujeto agradable, hasta me regaló barras de chocolate casi todos los días. La cantidad de trabajo era normal. Esta felicidad la viví durante dos meses. No sé si mi rendimiento no fue el adecuado, pero a pesar del sueldo, que bastante bajo era, trabajaba duro. La cosa es que el jefe cambió, tal vez se le pasó la emoción. No más chocolates, no más buenos días, y por supuesto, mucho trabajo. Bienvenidas las quejas e insultos.

“Un día fui a la oficina del jefe y le pregunté si estaba haciendo algo mal. Él me dijo que no, pero su modo de tratarme reflejaba otra cosa. A las nuevas les regalaba chocolates, buenos días por acá, buenos días por allá. Pasaron 6 meses y su trato hacia ellas no desmejoró. A mí me despidió, no me dijo el porqué. Después me enteré que la operación colchón mantenía con vida a esas muchachas en aquel trabajo. Ahora estoy en una agencia online para evitarme esas molestias, aunque extraño los chocolates”.

Osneiber (23): “Comencé a trabajar en una línea de taxis para cubrir mis estudios. Recuerdo que mi primer día de trabajo fue el último. Resulta que me tocó llevar a un grupo de músicos que iban a tocar. Eran las diez de la noche. En la calle sólo se veían policías pero yo estaba tranquilo porque cargaba mis papeles, todo legalito, pues. Un policía me pidió que bajara el vidrio del carro, le dije ‘buenas noches’. Los chamos que estaban conmigo andaban como que inquietos, el policía nos pidió que bajaramos del carro. Me revisó el bolsillo, luego el de los músicos. Uno de ellos tenía marihuana, nos llevaron para la comisaría. Nos desnudaron, nos golpearon, nos pidieron plata para dejarnos ir pero ninguno de nosotros tenía. Al final nos dejaron ir, pero como no pagamos, llamaron a mi jefe para decirle que me habían detenido por tener drogas, obviamente me botaron”.

“No se preocupen, es lo mejor que les pudo haber pasado. Nada como ser tu propio jefe, el camino no es fácil pero valdrá la pena. Al principio hay que resistir al mal sueldo y todo lo que implica trabajar para alguien. ¿Te despidieron? Es la oportunidad perfecta para convertirte en el dueño de tu tiempo. A mí también me pasó, ahora soy coach de emprendimiento. ¡Llámenme!”