¡No seas tan boleta!

Dicen que si nunca lo has hecho en lugares inusuales, nunca lo has hecho bien. Mentira, eso acabo de inventarlo. Sólo quiénes nos hemos atrevido sabemos de qué hablamos; la adrenalina en un parque, salón de clases, cuarto de mi abuela muerta o el comedor del trabajo, es elevada, pero hoy no hablaré de mí, por suerte me he encontrado con gente que no cree en nadie, y por no creer en nadie, sus encuentros sexuales han sido descubiertos.

La moral los ha castigado, también el chalequeo. Nunca faltan frases como: “Qué loco y cochino eres”, o “¡Qué tacaño eres, llévala a un hotel!”. Quiénes dicen eso son reservados (eufemismo total). Respeto que sean así, no se preocupen. Sólo les digo que se pierden de orgasmos distintos y, por supuesto, divinos. Aunque en estos casos, son bruscamente evitados por la mirada del furioso curioso.

Mejor que los protagonistas cuenten lo que pasó:

Daniela (21): Una vez mi novio y yo estábamos en un río. Él se puso intenso, no le hacía caso porque me daba miedito que un enfermo nos grabara. Yo trataba de jugar con los peces mientras mi novio insistía: “¡Agarra este bagre!”, se me escapó una carcajada.

El muy imbécil sabe que cuando me río ya caigo ante sus pies. Bueno, no tanto, un poquito más arriba. Comenzamos a hacer lo nuestro, la verdad se sentía bien. Imaginé que nos miraban, incluso aquel enfermo imaginario no dejaba de inmortalizar ese momento de goce, hasta le daba chance de elegir buenas tomas. Estábamos ahí fajados hasta que escuchamos un ruido; era un animal, me dije. Pero no… era mi papá que me siguió desde la ciudad. ¡Ese loco, le faltó ser el camarógrafo!”.

Génesis (26): “Yo sí soy adicta al sexo en público. Me fascina, de hecho. Me han descubierto una sola vez. Fue en la universidad, había coqueteado con el profesor de una materia aburrida. Ese chamo hablaba puras loqueras que nadie entendía, cuando decía algo me imaginaba su paquetote, que por cierto se marcaba al sentarse en el escritorio. ¡Me volvía loca! No resistí y esperé que todos salieran.

Pasaron unos minutos, los alumnos se fueron. Yo estaba sentada con las piernas cruzadas (ese día tenía un vestido). Él estaba dizque corrigiendo unos exámenes, realmente no dejaba de verme. Lo miré un par de veces hasta que nuestros ojos se encontraron. Me preguntó por qué no me había ido, le dije que no lo iba a hacer hasta hacerlo. “¿Hacer qué?, respondió en tono ultra porno. Me levanté del asiento y comencé a besarlo. Al principio se resistió, eso me prendía más. Cuando bajé el cierre de su pantalón, estaba tan duro como las bolas de la estatua del caballo de Bolívar, lo masturbé mientras le decía: “¿Quieres que nos vean? ¿Ah? ¿Ah? ¿Ah?”, él gemía. Todo iba bien hasta que otra pareja entró, resulta que estaban buscando un lugar para hacer lo mismo que nosotros. Lo sé porque me lo preguntaron mientras movía de arriba hacia abajo el pene de mi profesor. Me la cortaron durísimo y me fui, retiré la materia y me hice la loca. No lo vi más”.

Ana Paula (39): “Imagínate tú, me has hecho recordar algo que me da mucha risa. Mi novio y yo habíamos terminado. Estaba despechada, como cosa rara, así que fui a un bar con unas amigas. Ellas parecían prepago, yo era la más fea del grupo. Ellas se la pasaban conmigo porque siempre les brindaba, no les gustaba que los viejos se les acercaran, igual me caían bien. Esas locas, vale… Bueno, sigo con el cuento.

Resulta que un muchacho me estaba echando ojitos desde hace rato. O eso creí, pero me di cuenta que quería con una de mis amigas. Una de ellas le dijo que yo era muy linda, que me diera una oportunidad. Si me la daba, ella le hacía sexo oral después. Me enteré después de lo que pasó. Él aceptó. Me llamó a la barra, me invitó una cerveza. Hablamos un rato, nos besarnos, le toqué una pierna, él me tocó una teta. Le susurré que fuéramos a algún sitio. “Vamos a mi carro”. Le hice caso. Empezamos a hacerlo ahí hasta que tocaron el vidrio. Era la novia, estaba en el baño mientras coqueteaba conmigo. Creo que tenía diarrea, o yo andaba tan despechada y puta que cuadré en un momentico. Bueno… a mí me da risa ese cuento, pues”.

Moisés (24): “No soy de muchas palabras. Sólo te voy a contar que estaba con mi novio. Nos besábamos en el último puesto del autobús. Había como cuatro pasajeros en los puestos de adelante. Se me puso erecto, él lo tocó y me lo sacó. Me hacía sexo oral mientras atisbaba hacia el chofer quien estaba tarareando tranquilamente una canción de vallenato.

Ni el chofer, ni los cuatro pasajeros se dieron cuenta, pero sí los transeúntes, buhoneros y charleros en la calle, gracias a la parsimonia del chofer al manejar. Y yo jurando que no se veía nada por los vidrios. Me enteré porque un amigo que vende chicha me lo dijo. ‘¡Ni me saludaste, rata!’, me dijo el gafo ese”.

Jesús (26): “Estaba en el liceo. Fue la única vez que hice algo así. El receso había terminado, habíamos quedado una amiga y yo en la cancha. Cabe destacar que días atrás habíamos chateado en Messenger. Le mandada zumbidos en señal de que me masturbaba por ella. Era algo entre nosotros. Yo estaba pensando en Naruto cuando ella me tocó la pierna para decirme: “¿Quieres que te dé un zumbido en el anfiteatro?”.

Primero, eso no era un anfiteatro nada, eso era una pocilga que servía de hotel para los precoces. Segundo, la puerta estaba cerrada. Eso no nos detuvo, no había nadie. Todos entraron a clase excepto ella y yo. Pensamos en el baño, ella no quiso entrar al de varones porque le daba asco, el de las hembras no porque las chamitas siempre estaban meándose, en cualquier momento podía entrar cualquiera. Nuestra última opción fue las escaleras del último piso. Nos sentamos, nos besamos. Los zumbidos comenzaron. Mi pene estaba parado desde hace rato. Primero lo probó, luego lo lamió, después se lo metió en la boca. ‘¡Gu!’, fue el sonido de la primera mamada que me dieron.

“Muy bonito, Jesús”, me dijo la conserje. Se lo dijo a todo el liceo. A la chama le decían puta y a mí gallo porque acabé rápido. Cada vez que veo unas escaleras, recuerdo ese momento, eso me traumó más que haber sido expulsado. Gracias por hacerme recordar eso, becerro”.

Gabriel (29): “Estaba en mi casa viendo películas con una prima. En serio, estábamos viendo películas. “Encantada”, la de Amy Adams. ¿Sabes? Esa actriz, especialmente interpretando a ese personaje, me excitaba. Tal vez por lo motolita, o porque es inalcanzable, ¡Qué sé yo! El caso es que yo no iba pendiente de mi prima-hermana. Por ser mi prima-hermana, no se me pasaba por la mente alguna morbosidad. ¡Estábamos más pequeños!

Pasó la escena en que Amy Adams canta en un parque. Yo no dejaba de verla embelesado. Mi prima comenzó a hacer unos movimientos en las sábanas. Yo no le paré hasta hasta que escuché de su boca unos gemidos. Cuando la miré, dejó de hacerlo. ¡Se apenó! Juraba que no me iba a dar cuenta. Me reí de ella, se molestó, se montó sobre mí para pegarme. Casualmente su pelvis cayó encima de la mía. Los movimientos se tornaron menos violentos. Nos rozamos bien rico hasta que mi mamá nos pilló. La coñaza no fue normal. Hasta el sol de hoy no he visto más a mi prima”.

Qué loquilla está la gente. Gracias por compartirme sus historias. Lamento que les hayan cortado la nota. Espero que sus próximos orgasmos sean deliciosos. No dejen que los reservados les quiten las ganas, tampoco les aconsejo hacerlo en cualquier lugar porque sí. Nunca me han descubierto, eso se debe a que he sabido ser discreto.